Y un día me convertí en mamá

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Eran las 10 de la noche de un día antes del viernes santo del 2013. Por ese entonces mi apodo íntimo cariñoso era “la panzas” y vaya que le hacía honor a tal sobrenombre. Con 39 semanas de embarazo mi vientre se había hinchado de tal manera que todo mi ser dependía, literalmente, de esa parte de mi cuerpo. Era una mujer, por así decirlo, a una panza pegada. Érase pues una panza superlativa.

Pues bien, estaba yo en mi nuevo hogar desde hacía ya unas semanas cuando de pronto comencé a sentir una presión allí, en la parte baja de la enorme panza. Sentir presiones y molestias era pan de todos los días por lo que imaginé que en cuestión de segundos se iría, y tal como lo pensé, se fue. Sin mayor preocupación me fui a dormir pues al día siguiente tendría un día muy ajetreado: había invitado a toda mi familia a almorzar por viernes santo (lo cual me parece un descaro de mi parte porque de católica no tengo nada pero eso ya es tema de otro post) y ese día yo cocinaría por primera vez para ellos (cocinar es un decir porque en realidad iba a solo hacer arroz y freír pescado, pero bueno eso era en ese entonces, ahora cocino muchas cosas más y me salen muy bien :)) Volví a sentir entonces las pequeñas presiones y molestias, esta vez levemente más fuertes antes de acostarme, por lo que en forma dubitativa le dije a Diego sobre ellas. Aún recuerdo sus últimas palabras antes de acostarnos : “Solo espero que no te vengan los dolores de parto en plena madrugada”.

Pasaron tan solo 2 o 3 horas para que me levantase y lo levantase a él por el dolor. Ya no eran solo las molestias de rutina, sino que había un ritmo constante que iba en crescendo, que venía y desaparecía, por lo que debía tratarse de los dolores de parto. Yo, cual futura madre abnegada tenía lista una hermosa maletita donde había dispuesto mi ropa, la ropa del bebé, sus pañalitos, sus … ¡MENTIRA! ¡No tenía nada listo! ¡Pensé que mi bebé llegaría una semana después! A lo más había lavado su ropita y la tenía doblada en su cajón, pero aún no había organizado una maleta apropiada para ir a la clínica. Diego cogió su mochila Porta (si! esas que estaban de moda en los noventa), pusimos una muda de ropa mía, la muda para el bebé, pañales, pantuflas y salimos lo más rápido que pudimos a la clínica. En el camino avisamos a mi doctor. Sin embargo fuimos buenos hijos y decidimos no llamar ni a su mamá, ni a mis papás porque supusimos que estaría varias horas sufriendo en pleno trabajo de parto por lo que no valía la pena llamarlos para hacerlos partícipe de todo el proceso de agonía: los llamaríamos cuando estuviera ya exhausta a punto de dar a luz, justo a tiempo para que conocieran a su nieto. Era la 1 de la mañana.

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La labor de parto es ardua. Aún no entiendo como en las novelas o películas lo hacen ver como que comienza a dolerte y el bebé está ya por salirse, es más, en muchas de estas representaciones el bebé nace en pleno camino. Nada más lejano a la realidad. Mi trabajo de parto fue de 14 horas. El dolor, o mejor dicho las contracciones, solo iban aumentando cada hora que pasaba, y a medida que el tiempo transcurre, el cuerpo va agotándose, más aún en mi caso que los dolores se iniciaron cuando se suponía debía ir a dormir. Esa noche no dormí nada.

Diego ideó una forma interesante para sobrellevar los dolores y creer que el tiempo pasaba y que cada vez menos contracciones quedaban por venir antes de la llegada de nuestro hijo. Se bajó una app que permitía cronometrar las contracciones, y en base al tiempo de ellas y sus respectivos descansos, prever cuando vendría la siguiente contracción. Al final, conocer el número de contracciones, sus tiempos y el aviso previo ayudaba mentalmente a pensar el largo camino que se había recorrido y que ya tanto dolor debía terminar, porque sí, lo repito, la labor de parto duele y bastante.No estás tratando de sacar copos de algodón.

El dolor era fuerte pero los descansos lo hacían soportable. A eso de las 7 de la mañana decidimos avisar a nuestros padres y media hora después ya todos estaban en la clínica. Fue a partir de ese momento que ya las contracciones eran sumamente dolorosas. No hay dolor natural más doloroso que el trabajo de parto. Y poniéndome a reflexionar, en verdad tiene porque serlo. Tu cuerpo se está preparando para sacar a un bebé de 3 kilos y algo más (hay mujeres que dan a luz de manera natural a bebés de 4 kilos. Son unas mártires.) por lo que casi pasas por un proceso de metamorfosis en cuestión de horas. Ni corta ni perezosa decidí ponerme la epidural.

La epidural, sin ánimos de aconsejar a nadie a que lo haga porque conozco futuras madres que nada quieren tener que ver con esta intervención, fue lo mejor que pude hacer. El dolor como por arte de magia desapareció y entré en un estado de relax y calma que en esos momentos necesitaba con ansias. Sin embargo al cabo de algún tiempo, pues el dolor era muy intenso, yo cada vez más dilatada y el bebé quería nacer, el dolor volvió a aparecer. Esta vez decidí no volver a ponerme la epidural creyendo que lo soportaría. Ilusa yo.

Debo hacer en esta parte una mención honrosa tanto a mi madre como a Diego, sino fuera por ambos el proceso hubiera sido más terrible. Gracias por darme sus brazos y manos y permitir estrujarlos, apretarlos, arañarlos y golpearlos para que mi dolor sea más llevadero. En verdad gracias.

A eso de las 11am agotada, clamando por pujar (si! porque debes estar totalmente dilatada para pujar, no es que puedas pujar cuando quieras así tu cuerpo te lo pida) me llevaron a la sala de partos. En esta sala debía dar a luz y pensé que todo sería más rápido. Respirar y pujar como en las clases pre natales y en cuestión de minutos el bebé estaría afuera.

Mmm no fue así. Estuve pujando una hora aproximadamente y el bebé no salía. Una enfermera literalmente me empujó la barriga para que el bebé bajara, otra me hizo ponerme en cuclillas para que la gravedad hiciera lo suyo. Diego, aterrorizado, veía todo este espectáculo por la ventanilla de la sala de partos y, exigió que le explicasen que diablos era lo que me estaban haciendo. Todos le pedían tranquilidad pues así era el proceso. Mi mamá y su mamá luego me contarían que estuvo afuera bastante ansioso y nervioso, aunque lo más probable es que si él lee esto vaya a negarlo.

Tras una hora de pujar y dado que él bebé no salía sino más bien se regresaba (si, eso me pasó a mi :S) mi ginecólogo decidió hacerme una cesárea de emergencia. Felizmente era viernes santo y no habían muchos pacientes por lo que conseguir una sala de operaciones no fue tan complicado. Una vez adentro, todo fue muy rápido, muy muy rápido. Gracias a la anestesia no sentí dolor, pero si sentía mientras me cortaban (es una sensación muy extraña) como me tenían cubierta no pude ver mientras sacaba al bebé. Todo ese show se lo ganó Diego, él me contaría que Salvador, así se llama nuestro hijo, haría su aparición en este mundo meándose en él. jaja, ¡Qué tal forma de presentarse!

Luego, antes de poder verlo, escucharía su llanto, eso me hizo olvidar todo. Hasta ese entonces había sentido mucho dolor y estaba muy cansada y creo que hasta había olvidado que mi hijo nacería hoy, es decir no lo había olvidado pero todo lo otro me tenía muy abrumada como para pensarlo. Cuando escuché su llanto, todo cambió. Recordé porque estaba ahí. Me di cuenta que había nacido y que estaba a punto de conocerlo. Estaba muy ansiosa y nerviosa por verlo. Cuando me lo acercaron solo recuerdo una cara roja muy roja, arrugada, con la boca bien abierta llorando. Me quedé aturdida, paralizada. Muchas madres en esos momentos lloran de emoción por conocer a su hijo o hija como un quiebre ante todo lo vivido. Yo no. Había esperado tanto ese momento, conocerlo por primera vez, que cuando finalmente llegó, me pareció inverosímil. Me quedé embelesada, observándolo … pero rápidamente se lo llevaron. Yo luego caí en un profundo sueño.

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Los días en la clínica se plagaron de amigos y familiares que venían a visitarnos y a conocer a Salvador. Esos días me ayudaron a mi a salir de mi estado catatónico y caer en cuenta que ese bebito pequeñito era mío, que yo lo había hecho, y una clase de orgullo se llena dentro de mi cuando lo recuerdo. Es más no hago más que repetírselo :). Han pasado ya dos años desde que nació, pero aún recuerdo sus manos blanquísimas, su cabeza redonda como una pelota, su olor a bebé recién salido del horno. 🙂

Hoy quería recordar el día del nacimiento de Salvador y la chambaza para que él naciera. Hoy también se cumplen dos años desde que esto sucedió y más tarde habrá una gran fiesta con amigos y familiares para celebrarlo. ¡Feliz cumpleaños bebé! 🙂

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